Queridos Reyes Magos,
Este año he sido especialmente bueno… o al menos lo he intentado. He servido el vino a su temperatura justa, he dejado de usar copas que “matan” los aromas y hasta he logrado guardar algunas botellas para ocasiones especiales sin caer en la tentación de abrirlas antes. Por eso, me animo a escribir esta carta con la ilusión de un niño, pero con la copa bien llena de expectativas.
Me gustaría que la magia de Oriente llegara a mi mesa en forma de experiencias líquidas. Empiezo con un deseo sensato (o eso quiero creer): una botella de «El tomillo y el viento bailan», ese Viognier de Bodegas Carrascas que siempre me recuerda que la vida también puede ser delicada, aromática y sorprendente. Me imagino brindando con familia o amigos, dejando que sus notas florales y frutales despierten la conversación como una chispa amable.
También quisiera, si no es mucho pedir, reencontrarme con «Y solo cuando el río calla», el Chardonnay que nunca falla cuando la ocasión pide tranquilidad y elegancia. Ese vino que es como un abrazo silencioso, que acompaña sin imponerse, perfecto para esas cenas en las que el tiempo pasa despacio y uno se permite disfrutar sin prisa.
Ahora bien, Reyes queridos… también soy un winelover con carácter. Por eso os pido un tinto que entienda mis momentos intensos: «La torpe avutarda descansa», la alianza Tempranillo-Syrah que llega como un relato cálido sobre la mesa, profundo y con ese punto de aventura que nos hace salir del guión. Lo imagino junto a un buen guiso, un plato de horno o simplemente una charla que se extiende más de la cuenta.
Y ya que estamos —la ocasión lo merece—, ¿por qué no añadir a la carta «Al cobijo de una gran sabina»? El Merlot-Cabernet Sauvignon que sabe envolverlo todo con un aire de gran ocasión. Es un vino que invita a celebrar lo importante: la amistad, la familia, los logros del año o incluso los tropiezos que nos enseñaron algo. Si existe un tinto para cerrar ciclos y abrir otros, es éste.
En resumen, mis deseos son simples y sinceros: vinos que cuenten historias, que acompañen momentos y que llenen de magia estas fiestas. Sé que hay regalos más prácticos, pero ninguno tan evocador como una botella que encierra paisaje, artesanía y alma. Todo eso que Carrascas sabe hacer tan bien.
Así que, queridos Reyes Magos, entregaré esta carta junto a mis zapatos —bien limpios, prometido— y dejaré un brindis preparado por si pasáis por casa. La Navidad es más luminosa cuando se comparte una copa. Y este winelover, como buen soñador, espera que este año la magia llegue en forma de vino… del bueno.Con gratitud,
Un amante del vino en busca de momentos especiales.